El RGIAJ, el registro español de autoprohibición, solo cierra el paso en salas conectadas a la DGOJ. Un operador fuera de ese circuito no está enlazado al registro, y quien se inscribió en él no queda protegido si juega ahí.
El bloque cubre lo que se busca bajo esta etiqueta —sin KYC, sin DNI, sin apertura de cuenta formal, acceso por VPN— y lo que separa saltarse un trámite de quedar fuera de una red de protección entera.
No es lo mismo «sin papeleo» que «sin límite»: la verificación es, también, el soporte del freno.
